La extrema derecha y la lucha por las identidades

By on 17 diciembre, 2013 in Derecha Radical | 0 comments

Miguel Urbán Share On GoogleShare On FacebookShare On Twitter

Cuando repasamos los resultados electorales de la extrema derecha europea de la última década no puede más que generarnos una fuerte sensación de desasosiego porque parecen marcar una tendencia al alza, capitalizando un voto de protesta ante la inseguridad social, laboral y económica. Pero no solo podemos circunscribir el éxito de la extrema derecha al campo electoral, sino también al terreno de la generación de un discurso vertebrado y unificador capaz de marcar la “agenda” política y de permear los discursos y políticas de las grandes formaciones políticas europeas, tanto conservadoras como social-liberales; lo que define Raimundo Viejo como “su capacidad para permear el discurso del centro-derecha, cuando no del centro-izquierda […] en su habilidad para contraponer un discurso articulado, generador de sentido para sus audiencias”.

Es fundamental no caer en la banalización de que toda opción reaccionaria es fascismo, una consideración ingenua y reduccionista que no nos ayuda a entender y diagnosticar los retos del presente. La ultraderecha del siglo XXI mantiene en su cosmología y acervo común numerosos mitos que le permitieron al fascismo convertirse en un polo de atracción social. Pero, a su vez, es producto de contextos políticos, sociales y económicos dispares, algo que nos permite hablar de una ruptura con ciertos paradigmas del fascismo de entreguerras. En palabras de Ferran Gallego:“La ventaja obtenida por estos movimientos de carácter nacional-populista, aquello que les permite ganar la legitimidad perdida no es la simple reedición del fascismo, pero está relacionado con un regreso de los valores que el fascismo tuvo en cuenta. No se expresa en la voluntad de considerarse herederos restauradores de aquellas experiencias, pero sí en la manera en que comparten determinados valores íntimos”.

En los cuarenta años que han separado la derrota del fascismo y la eclosión electoral de las primeras formaciones de la nueva ultraderecha se ha experimentado una importante reformulación y reconstrucción de una identidad común adaptada a los nuevos tiempos y de un discurso vertebrador que explica en parte sus éxitos electorales.

En primer lugar, según el politólogo Piero Ignazi, debemos distinguir dos grandes bloques en la extrema derecha de Europa occidental: una, la “tradicional”, mas ligada a la ideología fascista y preconiza la instauración de un “nuevo orden”, generalmente corporativo, otorgándole un papel relevante al Estado, y con mecanismos de representación no individuales. Esta extrema derecha ha obtenidos éxitos electorales fundamentalmente en la Europa del Este, especialmente en Hungría, con el Jobbik, y mas recientemente en Grecia con la irrupción de Amanecer Dorado. La añoranza del pasado y la falta de “modernización” del discurso de este tipo de formaciones han ejercido una escasa atracción sobre el electorado en la Europa occidental. Frente a esta extrema derecha “tradicional” ha emergido otra de nuevo cuño: la “postindustrial”. Sus partidos insignia son el Frente Nacional francés, el VB flamenco, el FPO austriaco, el Partido Popular Danés, La Liga Norte italiana  y/o el Partido por la Libertad holandes. Su éxito se ha basado en responder a retos de la sociedad actual sin identificarse con mitologías del fascismo histórico, pero con un retorno a los valores íntimos y a los agentes de movilización que el fascismo tuvo en cuenta.

La totalidad de estos partidos emergieron electoralmente a partir de una profunda renovación ideológica, discursiva y estética que han conformado los puntales fundamentales de su éxito electoral. A pesar de que mantienen importantes diferencias, producto de sus dispares contextos políticos, sociales y económicos, también mantienen características comunes que nos permiten hablar de una nueva ultraderecha, entre los que destaca la construcción de un populismo multiforme

Un populismo multiforme:

“El populismo político implica la valoración del pueblo por oposición, bien a las elites, o bien a los extranjeros. Así, la apelación al pueblo es una apelación contra: incita a reaccionar contra categorías sociales juzgadas inquietantes o amenazantes”

El populismo enarbolado por la nueva derecha radical, es una de las claves fundamentales de su éxito, al conseguir recoger simpatías sociales dispares, incluso con intereses enfrentados, anudando un discurso de tela de araña “atrápalo todo” que les confiere una gran potencialidad electoral. Este nuevo populismo bebe de ciertas raíces del fascismo clásico, pero fundamentalmente de los populismos de posguerra, del “qualinquismo” italiano y el “poujadismo” francés, y de la reacción conservadora anglosajona (Reagan y Tacher) de finales de ochenta.

De esta forma, el populismo que caracteriza a la nueva derecha radical es el resultado de diferentes experiencias de la segunda mitad del siglo XX que  se basa en la conjunción de cuatro  factores fundamentales: contestatario, encarnado en el rechazo al sistema político agitando la bandera de la democracia en defensa de los intereses populares, de los de abajo, contra las elites corruptas;  identitario, apelando a la amenaza que se cierne sobre la comunidad nacional amenazada por la “contaminación” del multiculturalismo y la migración; y autoritario, mediante la apelación a un Estado fuerte y a la disciplina social, la hostilidad hacia las formas de mediación social (sindicatos, organizaciones democráticas, etc.) y la articulación de temas ligados a la idea del orden social.; punitivo, crea una sensación de emergencia y de gran inseguridad a partir de algún hecho concreto, para que sea mucho más fácil convencer a la población de que se necesitan medidas excepcionales y no ordinarias para combatir la situación que ha generado la alarma.

Dado los límites físicos que tenemos para este artículo he decidido centrarme fundamentalmente en desarrollar lo que podríamos denominar el populismo identitario y su relación con las políticas migratorias.

El populismo identitario, construye enemigos y culpables, contra los que dirigir su queja incesante, a la vez que aporta, un horizonte hacia el que caminar y por el que movilizarse. La protesta o la queja, como reacción negativa es efímera sino es acompañada de una afirmación positiva. El populismo contestatario tiene la capacidad de movilizar de forma explosiva una parte importante del electorado en momentos puntuales, pero corre el riesgo de convertirse en movimientos o partidos “relámpagos”, como lo fue el pujadismo o el cualinquismo, o mas contemporáneamente la propia Lista Pin Fortuyn en Holanda.

El reclamo identitario  aporta a la queja incesante, la imagen de un peligro potencial para la integridad de la comunidad nacional, un recurso reiteradamente utilizado a lo largo de la historia para fortalecer la cohesión y asegurar el consenso social. Aportando, no solo un enemigo sobre el que dirigir el malestar, sino también una propuesta afirmativa, reconquistar la identidad como comunidad, salvaguardar el concepto  agregativo “nosotros”. Una movilización que trasvasa la inmediatez de la protesta por un proyecto de largo aliento, ¿cuándo acaban los peligros?;  convirtiéndose en identidades “predatorias” “cuyas construcción social y movilización requieren la extinción de otras categorías sociales próximas, definidas como una amenaza para la existencia misma de determinado grupo definido como “nosotros” (…)  que se vuelve predatorias al movilizarse y concebirse a si misma como una mayoría amenazada (…) se trata de demandas relativas a mayorías culturales que intentan vincularse exclusiva o exhaustivamente con la identidad nación.”

De esta forma, se conforma un populismo de exclusión de carácter diferencialista que apela explícitamente a la discriminación de sectores sociales según su origen o pertenencia cultural, perneando, de tal forma, en el tuétano de la sociedad, que justifica su expulsión, explicita o implícitamente fuera de la comunidad. Solo tenemos que observar el endurecimiento de las leyes migratorias en el conjunto de la UE en la última década,  el crecimiento de la islamofobia y/o la campaña de Sarkosy “contra los roms [romanís], designados como una etnia peligrosa de ladrones nómadas, culpables de extender el terror en nuestros “pacíficos barrios” con sus razias en Mercedes”

Así mismo, en el discurso populista identitario, la pertenencia a la comunidad, ya no depende de una cuestión de nacimiento, sino de un compromiso ideológico con los valores que ellos estipulan como auténticos. No es francés el que nace en Francia, sino el que, además,  se identifica con una supuesta identidad francesa, quienes rechazan los valores franceses dejan de ser franceses. De esta forma, la pertenencia a una comunidad nacional esta ligada a una supuesta “identidad”, pensada en términos cada vez más culturales y esencialistas. “Según Filip Dewinter (portavoz del Vlaams Belang), la principal prioridad política de su partido era salvaguardar el derecho a la identidad y asegurar que los flamencos sigan siendo los dueños de su propio país (…) El único modo de que Flandes (y por extensión Europa) conserve su identidad y evitase el suicidio cultural, consistía en introducir y respetar políticas de exclusión”

El énfasis movilizador de la derecha radical ya no solo pivota sobre como evitar que nuevos inmigrantes puedan superar sus fronteras, sino, también, aborda la problemática de una la población migrante ya residente no “integrada”, e incluso nacional, descendiente de migrantes en segundas o terceras generaciones. Lo que Daniel Bensaid define como: “Incluso habiendo nacido en Francia y siendo ciudadanos franceses, los “segunda o tercera generación” siguen marcados a fuego por su origen. (…) Ciudadanos en virtud del derecho de suelo, la sociedad no les reconoce sin embargo “de pleno derecho”.En este sentido, como afirma Amin Maalouf, “el emigrante es la victima primera de la concepción tribal de la identidad. Si solo cuenta con una pertenencia, si es absolutamente necesario elegir, entonces el emigrante se encuentra escindido”

De esta forma, la identidad hoy día es concebida o de una manera esencialista, en tanto que característica etno-cultural y deshistorizada correspondiente a un pueblo, o como atributo cívico-político, que sin embargo se considera un producto original de la tradición europea y nacional. Generando una restricción al concepto de pertenencia “nacional” o “europea” que ataca directamente el concepto de protección jurídica en relación a la pertenencia a la comunidad, incluso con su exclusión legal, sentando las bases programáticas de la xenofobia política del siglo XXI.  Un discurso que permea en las políticas de los gobiernos de la derecha “tradicional”, en esta línea, el ex-ministro de Inmigración francés Eric Besson lanzo el debate sobre la identidad nacional, para reafirmar el orgullo de la pertenencia a la nación con la pregunta ¿Qué es ser francés?;  o la canciller de Alemania, Ángela Merkel, afirmo “que los esfuerzos de su país por construir una sociedad multicultural habían fracasado completamente (…) “Nos hemos engañado a nosotros mismos. Dijimos: No se van a quedar, en algún momento se irán. Pero esto no es así”

Así pues, la verdadera victoria de la extrema derecha ha sido la normalización de su discurso y la introducción de sus principales contenidos tanto en el debate general, como en las políticas públicas oficiales, fundamentalmente en lo referente a inmigración y cuestiones securitarias; que sus temáticas se trasladen al centro de la arena política y condicionen el debate público (un proceso que ha sido definido “lepenización de los espíritus”). Como el mismo Le Pen había afirmado durante los comicios de 2002: “Todo el mundo habla como yo, me he normalizado”

La batalla de las identidades y las pertenencias muestra la disyuntiva realmente existente entre la lucha de clases o las luchas xenófobas, y parece que por el momento vamos perdiendo, de nosotras depende cambiar la situación.

Miguel Urban Crespo

http://www.sosracismomadrid.es/web/Documentos/2013_Informe_Anual.pdf

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