No son (sólo) los partidos: ¡ es el Régimen!

By on 6 agosto, 2014 in Alternativas Políticas, Artículos | 0 comments

Miguel Urbán Share On GoogleShare On FacebookShare On Twitter

 

Miguel Urban y Joseba Fernandez

Hace unos años, con motivo de una movilización estudiantil, una pintada en una de las escaleras del congreso rezaba así: “¡Abajo el Régimen!”. Esta imagen simbolizaba una consigna que se ha ido extendiendo durante las movilizaciones sociales y que muestra el rechazo creciente a toda la institucionaidad y la cultura política construida a partir del pacto constitucional del ’78. Y es que, como causa y como efecto de la devastación económica del país, estamos asistiendo a un auténtico proceso de deslegitimación y descomposición de los pilares centrales del régimen español del 78: la monarquía, sistema judicial, marco territorial y, en última instancia, el sistema de partidos y el bipartidismo. Instituciones zombies, incapaces de responder actualmente a las necesidades y demandas sociales que cada día se expresan con mas fuerza en la calle. Instituciones que, en todo caso, aún perviven como simple reflejo de supervivencia. Aunque se pueden tener diferentes matices sobre el grado o lo avanzado de la crisis de régimen en la que nos encontramos, nadie es ajeno yaa los profundos cambios que ya se están produciendo en el sistema político español. Cambios que todo apunta que se agudizarán en los próximos años. Así lo anuncian voceros del propio Régimen que contemplan horrorizados la que consideran como una época de decadencia. Voceros y actores centrales que abogan indisimuladamente ya por un proceso de demolición controlada del régimen, una nueva transición por arriba que les permita mantener el control de mando sobre el mismo.

Y, sin embargo, sería prematuro anunciar su definitivo ocaso. La capacidad de recomposición de las élites (y de sus aparatos de partido) es casi infinita y el bloque social que pueda precipitar un proceso constituyente es todavía débil e inconsistente, por más que las movilizaciones en la calle y la irrupción electoral de nuevas formas políticas, como ha sido el caso de Podemos el pasado 25M, sean el fermento de nuevas hegemonías y lideren el necesario proceso destituyente. Podríamos decir, en este sentido, que nos encontramos ante algo más que un mero cambio de ciclo político. En este sentido, la irrupción de Podemos es el síntoma más acabado del distanciamiento simbólico-cultural de la gente respecto de  las élites. Un distanciamento que apunta a un cierto divorcio de legitimidades entre el Régimen y el pueblo. Un síntoma que ya evidenció la enorme potencia del 15-M.

Este divorcio responde, en último término, al terrible saldo resultante desde el crack de la economía española y que muestra un panorama social desolador.. La financiarización de las clases medias, el “efecto riqueza” y el sueño aletargador de la sociedad de propietarios y del ascensor social que había funcionado, hasta el 2008, como mecanismo ilusorio para el plácido devenir del modelo económico de desarrollo de este país ha saltado en pedazos. Y es que el reventón de las varias burbujas que atenazaban la economía española ha permitido vislumbrar los estrechos límites de este esquema del capitalismo de ficción. De una sociedad parcialmente eufórica por el credo del crecimiento hemos pasado a una sociedad mayoritariamente golpeada y sin asideros sociales a los que agarrarse. Y, sin entrar en psicologismos huecos, se ha pasado de una ciudadanía basada en las diversas redes de confianza a una sociedad desconfiada de las instituciones sociales y políticas sobre las que se asienta el régimen español.

Sin embargo, el nacimiento del 15M, entre otras cuestiones, supuso una impugnación radical del sistema bipartidista heredado de la transición, que en cierta manera recordaba a la restauración de Cánovas del Castillo, así como una deslegitimación de la “Casta”, entendida ésta como una representación sencilla y directa de los responsables económicos y políticos del saqueo, de la fusión entre los poderes públicos y privados y que nos remite a aquel lema que inició el 15M que rezaba que “no somos mercancía en manos de políticos y banqueros”.

En este sentido, los últimos resultados electorales y las encuestas recientemente publicadas son más que esclarecedoras respecto a la crisis del bipartidismo y de los actores políticos tradicionales. Así, mientras que los dos partidos sumaban el 84% del voto en 2008; en las elecciones europeas del 25M obtuvieron el 49% de los votos. Por otro lado, en relación a la valoración de los “políticos”, no solo ninguno aprueba en la valoración general, sino que se encuentran entre los primeros problemas para los españoles/as. Así mismo el aumento exponencial de los casos “públicos” de corrupción en los últimos años ha agravado el malestar de la ciudadanía ante los políticos y el propio sistema, hasta tal punto de que se ha hablado de la posibilidad de un “tangentopolis” en el Estado español.

Esta crisis de los partidos (como causa y como consecuencia de la crisis general que afecta al conjunto del Régimen político) está afectando, especialmente, al PSOE. Pata fundamental del bipartidismo y de la construcción de toda la arquitectura institucional y de las bases económicas del modelo español, el PSOE afronta una situación de extrema inestabilidad y debilidad. La crisis general del proyecto (supuestamente) social-demócrata en Europa está teniendo expresión propia en el Reino de España. Y sus consecuencias para el sistema político son devastadoras en tanto en cuenta pone en solfa las posibilidades de permanencia del sistema de bipartidismo alternante.

La crisis de los partidos, sin embargo, es la crisis de sus aparatos y de su ausencia de proyecto social y democrático. No hay, por tanto, una desafección política entre la ciudadanía. Así lo muestra el alto nivel de movilización social que atraviesa el país desde hace años. Lo que ha hecho aguas, en todo caso, es una forma de hacer y de estar en política. En este sentido, se ha producido una recalmación de un mayor protagonismo popular, de una redefinición de las prácticas militantes animadas por una nueva exigencia democrática y cultural en relación a las transformaciones sociales. Y también estamos asistiendo a la emergencia de nuevos instrumentos de comunicación que quebrantan el monopolio de la información del cual se nutrían los principales aparatos.

Es por ello que hoy en día, la razón estratégica de las fuerzas antagonistas debe volcarse en imaginar un proceso de ruptura que desborde todos los límites institucionales a las oportunidades que la crisis de régimen ofrece. Ruptura que, por supuesto, debe conjungarse en plural, en forma de procesos constituyentes que articulen desde la singularidad la necesaria autonomía nacional, territorial, democrática y de soberanías. Una ruptura que debe alumbrar y ser protagonizada por nuevos instrumentos sociales y políticos construidos desde y para las mayorías sociales hoy golpeadas por los efectos de la expropiación de derechos.

De esta forma, la crisis de alguna de las formas-partido puede significar una brecha, una ventana de oportunidades no sólo para detener la sangría de pérdida de derechos sino como un momento histórico-político para garantizar nuevos derechos e inventar nuevas formas de democracia a través del impulso de nuevas expresiones políticas. Frente a quienes contemplan aterrados, desde arriba, la crisis socio-política como una época de decadencia, los y las de abajo deberiamos contemplar la escena, también en todo su dramatismo, como un momento impostergable para la recreación democrática, la redefinición de las lógicas de la representación y para la subversión de todas las reglas del sistema social que nos han conducido a tamaño desastre. No hay tiempo que perder: la urgencia social y ecológica reclama necesarios saltos adelante.

 

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